En la primavera de 1975, la rama político‑militar de ETA decidió enviar varias células a Barcelona, Galicia y Madrid con el objetivo de abrir nuevos frentes de actuación contra el Gobierno de Franco. Uno de esos grupos se instaló en Barcelona, donde comenzó a financiarse mediante una serie de atracos a entidades bancarias. El 6 de junio llevaron a cabo uno de estos asaltos en una oficina del Banco Santander situada en la calle Caspe. Durante el robo, una empleada consiguió activar una alarma conectada directamente con la Jefatura de Policía, lo que permitió que una patrulla cercana acudiera rápidamente al lugar.
Al salir de la sucursal, los miembros de ETA se encontraron de frente con los agentes que respondían al aviso. Sin dudarlo, abrieron fuego contra ellos, desencadenando un tiroteo en plena calle. En el intercambio de disparos, el cabo primero Ovidio Díaz López fue alcanzado por varios impactos, uno de ellos en una zona vital, que le causó la muerte. A pesar de que uno de los asaltantes resultó herido, el grupo —formado por seis o siete integrantes— logró huir aprovechando la confusión generada tras el ataque.
Ovidio Díaz López estaba casado, tenía un hijo y su esposa se encontraba embarazada en el momento de su muerte, lo que añadió un profundo dolor a la tragedia vivida por su familia. Su fallecimiento dejó una huella especialmente dura entre sus compañeros y en la comunidad, que vio cómo un servicio rutinario se transformaba en un episodio marcado por la violencia.
Un mes y medio después, las fuerzas de seguridad detuvieron en Barcelona a dos miembros de ETA político‑militar: Ignacio Pérez Beotegui, conocido como Wilson, uno de los principales dirigentes de la organización, y Juan Paredes Manot, Txiki. Ambos fueron sorprendidos mientras preparaban un nuevo atraco. Paredes Manot sería posteriormente ejecutado el 27 de septiembre de 1975, en uno de los últimos fusilamientos del régimen franquista.