Mariano Román Madroñal prestaba servicio de escolta en un tren que cubría el trayecto entre San Sebastián y Bilbao, una labor que realizaba con la atención y la vigilancia propias de su responsabilidad. Durante el recorrido, tanto él como su compañero observaron a dos individuos que vestían gabardinas a pesar de encontrarse en pleno mes de junio, un detalle que les resultó llamativo y que despertó sus sospechas. Ante aquella actitud inusual, decidieron acercarse para identificarlos y comprobar si su presencia podía suponer algún riesgo para la seguridad del tren y de los pasajeros.
Cuando se aproximaron a ellos, uno de los sospechosos abrió fuego de manera repentina, iniciándose un tiroteo dentro del convoy. La situación generó un momento de gran tensión, en el que los agentes intentaron responder al ataque y proteger a quienes viajaban en los vagones. En medio del intercambio de disparos y en un intento por alcanzar a los agresores, Mariano Román perdió el equilibrio y salió despedido del tren en marcha. La caída le provocó una lesión fatal que le causó la muerte de forma inmediata, sin que pudiera recibir asistencia médica.
Mientras tanto, los dos atacantes aprovecharon la confusión para dirigirse hacia la salida del tren. Saltaron del convoy cuando este llegó a la estación de Recalde y huyeron rápidamente hacia un vehículo que los estaba esperando en las inmediaciones. Su fuga dejó tras de sí un profundo impacto entre los pasajeros y los compañeros del agente, que habían sido testigos de un ataque inesperado y de la pérdida de uno de los suyos durante el cumplimiento de su deber.
La muerte de Mariano Román Madroñal quedó marcada como un episodio doloroso dentro de un periodo en el que la violencia afectaba con frecuencia a quienes trabajaban para garantizar la seguridad pública. Su actuación reflejó el compromiso y la entrega con la que desempeñaba su labor, enfrentándose a situaciones de riesgo con la determinación propia de quienes asumían la responsabilidad de proteger a los demás.