El subinspector de Policía José Díaz Linares salió de su domicilio en San Sebastián a primera hora de la mañana, dispuesto a iniciar una nueva jornada de trabajo en la Brigada Social, como hacía de manera rutinaria cada día. Aquella mañana, sin embargo, un grupo de seis miembros de ETA había preparado una emboscada cuidadosamente planificada. Los atacantes, ocultos tras una furgoneta y armados con armas automáticas, esperaron el momento en que el subinspector se dirigía hacia su vehículo para abrir fuego de manera repentina.
Díaz Linares, sorprendido por la violencia del ataque, intentó reaccionar instintivamente y llevar la mano a su arma reglamentaria, pero no tuvo oportunidad de defenderse. Los disparos lo alcanzaron por la espalda, dejándolo sin posibilidad de responder ni de buscar refugio. A pesar de su intento de repeler la agresión, cayó al suelo mortalmente herido. Posteriormente se constató que había recibido nueve impactos, mientras que en el lugar se recogieron alrededor de cuarenta casquillos procedentes de varias armas, lo que evidenciaba la contundencia y la coordinación del atentado.
El ataque no solo segó la vida del subinspector, sino que dejó una profunda huella en su entorno más cercano. Su esposa, que se encontraba en el domicilio en el momento de los hechos, escuchó la ráfaga de disparos y, alarmada, se asomó al balcón. Desde allí fue testigo involuntaria del asesinato de su marido, una escena que marcaría para siempre su vida y la de su familia.
El atentado contra José Díaz Linares se convirtió en uno de los numerosos episodios trágicos que reflejaron la crudeza del terrorismo en aquellos años, dejando tras de sí dolor, desolación y un profundo impacto en la sociedad.